Se sentaba en la esquina de su cama. Llevaba una hora llorando por razones que ella misma desconocía. Se ahogaba. No podía controlar la caída de sus lágrimas por sus pálidas mejillas. La luz estaba apagada. Nadie la miraba. Se sentía frágil, realmente lo era y poca gente sabía esto en verdad. Todos veían como día a día, se rodeaba de gente que parecía apreciarla, obviamente lo hacían. Pasaban los días y ella parecía la típica chica de instituto, que aunque tuviese pocos amigos, ella era feliz. Intentaba llevarse bien con todo el mundo, aunque siempre fracasaba en este aspecto. Le gustaba estar en su propio mundo, pero evadirse allí, le hacía sentirse sola y perdida.
Se sentaba al final de la clase. Hablaba con gente que tenía sentada cerca, o aprovechaba para escribir cosas como estas. Solía vestir de negro, y no le gustaba llamar la atención. Ni que la gente la mirase. Aún así, la gente la miraba. La gente que se juntaba con ella, no la conocía realmente, y ella aparentaba ser uno más. Solo quería encajar de una vez por todas, aunque ella sabía que poco a poco se le iba acabando el tiempo. Muchas veces pensó en tirar la toalla. A nadie le importaría, ¿o sí? Nunca lo sabría. Seguían pasando los días y ella aguantaba con todo, seguía acudiendo a sus clases, aun sabiendo que a veces, era lo último que quería hacer.
Se sentaba en un asiento del primer vagón del metro. Ahora estaba un poco más alta y había cambiado un poco. Estaba algo cansada, era más pronto se lo habitual. Seguía llevando su mochila con todos sus libros. Decidió no tirar la toalla. Toda aquella gente no merecía que ella la tirase. Incluso la gente que le importaba, tampoco lo merecía. Se encaminaba a otro lugar, donde empezar de cero. Donde todo iba a cambiar. Donde podría hacer lo que siempre había querido, y ser quien siempre había soñado. Ahora estaría un poco alejada de quién de verdad le importaba, pero sabía que aunque eso también le fuese a ser duro, iba a cambiar. Esta vez, para bien.